Vitalik Buterin es su nombre real, no es un alias. Nació en: Kolomna, Rusia en 1994. Se mudó de chico con su familia a Canadá, donde se formó y empezó todo el recorrido tech/cripto. Tenía 19 años cuando escribió la idea de Ethereum. Ese dato no se supera fácil.
Ethereum no nació como negocio, nació como idea.
Y Vitalik es más parecido a un estudiante obsesivo que a un fundador clásico.
No es gurú, no es trader, no es showman.
Vitalik siempre fue persona primero.
Vitalik Buterin aparece en cripto cuando todavía no era “el mundo cripto”.
No llega como trader, ni como inversor, ni como pibe buscando pegarla. Llega como un pibito de 19 años que ya estaba incómodo con cómo funcionaban las cosas. Incómodo posta, no indignado de Twitter.
Venía de programar desde chico, de escribir para una revista de Bitcoin porque le fascinaba el concepto, y de hacer lo que hacen los nerds raros cuando algo no les cierra: leer, probar, romper, volver a pensar.
Mientras otros miraban el precio, él miraba el diseño.
En ese momento Bitcoin era básicamente esto: una idea potente, pero rígida. Servía para una cosa muy específica. Y Vitalik, en vez de aplaudir o quejarse, hace lo que hacen los que piensan sistemas: se pregunta “¿y si pudiera hacer otra cosa?”. No para ganar más, sino porque le parecía un desperdicio que la tecnología llegue hasta ahí y se quede corta.
Con 19 años escribe un paper. No un pitch deck, no una landing, no una promesa. Un texto medio árido, medio nerd, que decía algo así como: “imaginate una blockchain que funcione como una computadora abierta”. No una moneda mágica. Una base. Un lugar donde otros puedan construir sin pedir permiso.
Ahí empieza Ethereum.
Y lo loco es que, mientras eso crecía, Vitalik seguía siendo… raro. En serio raro para los estándares de este mundo: cara de que preferiría estar hablando de matemáticas antes que dando una charla. Cero personaje. Cero épica personal. Cero “yo soy el elegido”.
De hecho, cuando empezaron a caer millones, premios, escenarios, entrevistas, él parecía más incómodo que orgulloso. Como si el foco le quedara grande. Como si lo que importara fuera que el sistema funcione, no que lo aplaudan a él.
Por eso Ethereum terminó siendo lo que es hoy. No algo que comprás y guardás como reliquia. Algo que se usa. Donde pasan cosas todo el tiempo. Donde la gente prueba ideas, arma protocolos, mete la pata, pierde plata, aprende, vuelve. Un quilombo creativo, vivo, lleno de capas.
En el medio de reguladores mirando con lupa, bancos queriendo tokenizar lo viejo, universidades entrando prolijas por ETF, Vitalik aparece de nuevo, pero no para vender nada. Aparece diciendo algo incómodo: “che, capaz no está tan bueno que toda la vida financiera de cualquiera quede expuesta para siempre”.
O sea: el pibe que ayudó a abrir la autopista también se pregunta por los límites. Por el pudor. Por lo humano. No desde el miedo, sino desde el diseño.
Y eso también es raro.
Mientras otros en cripto gritaban “mirá mi Lambo”, Vitalik andaba con hoodie, mochila, cara de pibe tímido y papers rarísimos. Cero performance. Cero personaje. Casi incómodo de ver al lado del circo.
Porque en un ecosistema lleno de gritos, slogans y promesas, Vitalik sigue operando desde otro lugar. Más cerca del que diseña que del que actúa.Más cerca del que piensa que del que convence.
No es héroe, salvador ni influencer.
Es alguien que llegó temprano, pensó profundo, y dejó algo funcionando antes de preguntarse cuánto valía.
Y en este ecosistema, eso ya dice mucho.
Y esto es clave: nunca habló como vendedor. Nunca prometió rendimientos. Nunca dijo “esto te va a salvar”. Hablaba como alguien que está pensando un problema grande y todavía no tiene todas las respuestas.
Por eso Ethereum terminó siendo lo que es: no algo que se guarda, sino algo que se usa. DeFi, NFTs, DAOs, experimentos fallidos, ideas brillantes y papelones incluidos. Una red viva con gente entrando y saliendo todo el tiempo.
Para mí Vitalik es el nerd bueno de esta historia porque no quiso ser el centro. Porque nunca construyó un personaje más grande que el sistema. Porque, incluso hoy, sigue preguntándose cosas incómodas, como si la privacidad debería existir un poco más en un mundo donde todo queda expuesto.
Es alguien que pensó primero… y monetizó después (si es que).
Y en cripto, eso ya lo vuelve una anomalía.
Y acá es donde me pega a mí.
Porque una cosa es conocer Ethereum como “la red”, como el ecosistema, como la autopista donde pasan cosas.Y otra muy distinta es enterarte de que todo eso empezó con un pibito de 19 años, sentado frente a una computadora, pensando en silencio algo que todavía no tenía nombre.
No gritó ni prometió.No se vendió como genio.
Y aun así, terminó diseñando una de las infraestructuras más usadas del mundo cripto.
Eso a mí me conmueve.
Me honra, incluso. Y me fascina.Porque habla de otra manera de estar en este mundo: más curiosa que ambiciosa, más obsesiva con las ideas que con el reconocimiento.
No sé si Ethereum superó a Bitcoin, ni me importa medirlo así.Lo que sí sé es que hay caminos que se notan hechos desde otro lugar.Y este, claramente, es uno de esos.
🖤 i fell in love with Vitalik 🖤
Si te interesa este lado de cripto: el de las ideas antes del precio,las estructuras antes del hypey las decisiones que se tomancuando nadie está mirandoen Lo Que Arde estoy armando unmapa de Recursos Cryptopara orientarte sin humo.
También conviven ahí IA, diseño, marketing y branding,porque todo esto no vive separado:se cruza, se mezcla y se condiciona.
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