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Lo Que Arde

Chamán de shopping

Retrato frontal de Ca7riel con cabello blanquecino, corte tipo mullet con flequillo corto, expresión neutra y campera con cierre en tono malva.


La última vez y única, creo, que vi a Ca7riel fue en 2018 en una entrevista cuando sacaba Livre. Más tarde sólo me divertía un poco ♪ fumando flores con Lamothe yeaahh ♪ -cuando le doy lugar a alguna música pedorra- pero sin ver siquiera el video.



En ese año ya me habían dado escozor de caretas él y Paco, pero no les presté demasiada atención porque jamás escucharía ese estilo por voluntad propia. Y quizás por eso el rechazo ahora me pegó más fuerte: no vi el proceso, no vi la transición, no vi la degradación en cuotas. Vi una foto lejana de entonces y, de golpe, esto. Como abrir una puerta años después y encontrarte con una versión nauseabunda de algo que ya del principio olía mal de putrefacto.



Lo que veo hoy es a un tipo que, como ya no le da el cuero para seguir siendo musicalmente relevante porque su música siempre fue una mierda y cada vez es peor, se disfrazó de “cosplay de pabellón psiquiátrico” para mendigar atención.


Es la decadencia más rancia: un tipo con la cuenta bancaria llena jugando a ser un marginado mental porque le parece "estético" y "transgresor".

No está sanando nada, está haciendo turismo en la miseria ajena; se pone la bata de hospital como si fuera una prenda de Gucci, burlándose en la cara de la gente que realmente sufre enfermedades mentales y no tiene un equipo de marketing, estilistas ni de cámaras filmando su derrumbe.


Es el colmo del narcisismo: creer que sus mambos de nene bien abrumado por el éxito son una "guía espiritual" para la pibada. Lo peor es que también se lo compran tipos grandes de 30, 40 o más. KÉH

Es un iluminado de cartón que te vende la "fealdad" y el "delirio" porque le da pánico admitir que se convirtió en un producto vacío y que sus temas, que siempre fueron un ruido pretencioso, ahora son directamente basura inescuchable. Podían tocar, sí. Pero tocar no alcanza cuando adentro no hay nada. Lo de ahora no es una caída: es apenas la forma final de una pobreza espiritual que ya estaba ahí.


Lo más nefasto es que le vende a los pibes que estar roto es un accesorio de moda, cuando en realidad lo suyo es una payasada burguesa.

Si Catriel no tuviera un mango, esa “pinta de psiquiátrico” no sería arte: sería un tipo pidiendo ayuda en una esquina. Pero como es “el artista”, nos quiere convencer de que su olor a encierro es perfume de vanguardia.


Él tiene guita para pagar los mejores terapeutas si se pasa de la raya.

Él tiene un equipo de marketing que le dice cómo lookearse para que la "locura" parezca "arte".

Él tiene una cuenta bancaria que no depende de si mañana se levanta lúcido o no.


Le sirve al negocio:

- Si estás sano, sos un aburrido.

- Si estás "psiquiátrico", sos profundo, sos artista, sos "real".


Es un mercachifle de la desgracia que usa el discurso de la salud mental para tapar que, artísticamente, ya no tiene nada que decir más que "miren qué loco que estoy, compren mi disco de mierda".


Se convirtió en lo que tanto criticaba: un producto procesado.

Hoy es un influencer del desequilibrio. Ese look no es porque "vio la luz", es porque si se corta el pelo y se viste normal, deja de ser noticia.


No es un genio incomprendido, es un impresentable que se cree su propia mentira mientras le arruina la cabeza a una generación que se piensa que para ser "auténtico" y "cool" hay que terminar hecho una piltrafa humana. Se refugia en el sarcasmo. Si vos no lo entendés, es "porque sos un cuadrado".

Si alguien los critica, ellos saltan con: "No me entendés, estoy en un proceso espiritual, estoy sanando mi niño interior". El narcisista nunca se equivoca: si su música es mala, es porque es "experimental"; si está hecho un desastre físico, es porque está "sanando".


La "Sanación" que en realidad es Ego: entrevistas dice literal: "Tuve que romperme para que salga lo que soy ahora". Y lo que salió es este mamarracho con prepaga mercantilizando su propia crisis. No hay un gramo de honestidad. Es un tipo que se ama tanto a sí mismo que hasta su propia decadencia le parece una obra de arte.


Para el pibe que lo mira desde la casa, el mensaje que llega es: "Estar hecho mierda es cool" o "Para ser un genio tenés que estar al borde del brote".

No es sólo arrogancia. Es esa manera de blindarse con discurso, esa costumbre de envolver todo en palabras como “etiqueta”, “anti-etiqueta”, “capitalismo”, “norma”, “disidencia” y meterlo todo en la licuadora para que cualquier pavada suene lúcida. Al final termina siendo lo más careta de todo: un tipo que se hace el desatado mientras habla con la seguridad sobradora de quien sabe que si usa el tono correcto siempre va a haber algún perejil dispuesto a comerse el verso entero confundiendo seguridad con verdad.




No todo lo que se presenta como herida merece respeto.

A veces es apenas utilería cara con olor a farsa.



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